miércoles, 6 de mayo de 2026

Entre la comprensión del pasado y la intervención del presente: vínculos entre Historiografía y Trabajo Social


Por: Rodrigo Núñez Gómez: Trabajador Social - Profesor de Historia. 

Una de las primeras inquietudes que surgió al momento de ingresar a mi primer pregrado fue cómo profundizar mi interés por la Historia. Ciertamente, esta inclinación no emergía de manera casual, sino que respondía a rasgos propios de una personalidad curiosa, orientada a la búsqueda de respuestas y a la comprensión progresiva de los diversos procesos y acontecimientos que han marcado el devenir de la humanidad.

Respecto de mi segundo pregrado, en el caso particular del Trabajo Social, la inquietud se centraba en cómo profundizar y profesionalizar acciones desarrolladas en un contexto específico. Más allá de una ayuda asistencial, el objetivo era promover intervenciones capaces de generar transformaciones significativas en la vida de las personas, con un profundo sustento en la autodeterminación y el respeto irrestricto de la dignidad humana.   

Entonces, una de las preguntas obvias que se podría hacer una persona que ha explorado ambas disciplinas es: ¿cómo se podrían complementar ambas disciplinas? O, por el contrario, ¿estas se contraponen? La presente reflexión pretende responder estas interrogantes, así como proponer aportes disciplinares para ambas áreas de conocimiento.

En este contexto, cada disciplina tiene un foco común. La historiografía no es solo contar el “pasado”, sino que, más allá de eso, implica analizar procesos, estructuras, actores y cambios en el tiempo. En definitiva, busca explicar por qué la sociedad es como es.

A mayor abundamiento, Marc Bloch, en su imprescindible texto Introducción a la Historia sostiene que esta es la ciencia de los seres humanos en el tiempo, escapando de la lógica de solo hacer un listado de hechos inconexos. En este sentido, la École des Annales (Escuela de los Annales), fundada por el propio Bloch y Lucien Febvre e integrada posteriormente por historiadores como Pierre Vilar, Jacques Le Goff o Pierre Nora, proponen una historia total e interdisciplinaria que integra la economía, la geografía, la sociología y la psicología. Con la finalidad de estudiar en profundidad las estructuras sociales y los procesos de larga duración, por sobre la individualidad de los hechos.

Edward Carr, por su parte, en su ya célebre obra ¿Qué es la Historia?, plantea que el objetivo de esta no es solo narrar, sino que comprender el desarrollo de la sociedad. Sirve como guía para observar el progreso humano, así como para entender a las diversas fuerzas sociales, subrayando que la historia es una construcción social y no una verdad absoluta ni inmutable.  

Finalmente, Edward Thompson explora la importancia de los sujetos y las experiencias, lo que se conoce como “historia desde abajo”, es decir, de quienes han sido excluidos en esta construcción social de la historia.

Respecto del Trabajo Social, por su parte, puede comprenderse, de manera general, como la intervención directa en problemáticas sociales complejas y concretas (desigualdad, exclusión o vulnerabilidad), con una fuerte implicancia práctica y ética.

Para profundizar las cuestiones disciplinares del Trabajo Social, debemos tener en consideración que esta busca y promueve el cambio, el desarrollo social, la cohesión, fundamentándose en los derechos humanos, justicia social y en teorías de las ciencias sociales.  

Desde esta perspectiva, Mary Richmond propuso un enfoque interventivo desde lo individual, en base a diagnósticos y a un método cercano a las ciencias médicas. Sin embargo, sin duda alguna ofrece aportes sustantivos al proponer especificidad científica al modelo de intervención.

Ahora bien, el Trabajo Social ha ido dejando de forma paulatina estas ideas más individualistas, avanzando hacia procesos críticos que sostienen que la intervención es un proceso situado en contextos históricos y sociales determinados. En este sentido, Ezequiel Ander-Egg propone que el Trabajo Social debe orientarse a la transformación de las condiciones estructurales que generan desigualdad, lo que pretende superar visiones reduccionistas basadas en el asistencialismo.

Finalmente, Paulo Freire sostiene la importancia de la conciencia crítica, entendiendo a los sujetos como seres históricos con capacidad de transformar la realidad.

Entonces, al volver a las interrogantes planteadas previamente, podemos afirmar que existen puntos de encuentro entre la historiografía y el Trabajo Social. Si bien es cierto que el segundo opera desde el presente inmediato, sin duda se nutre de problemas que tienen raíces históricas, como la desigualdad, la segregación territorial, los sistemas de protección y las relaciones de poder. Bajo esta perspectiva, la historiografía aporta una mirada contextual y de memoria.

Asimismo, la historiografía fortalece al Trabajo Social en al menos tres aportes concretos:

Desnaturaliza problemas sociales: la historia muestra que elementos vistos como “normales” (índices de desigualdad o vulnerabilidad) son, en realidad, el resultado de procesos históricos, lo que evita que el Trabajo Social caiga en explicaciones individualistas.

Incorporación de la memoria y trayectorias vitales: las personas y comunidades tienen historias particulares, lo que permite generar intervenciones situadas y pertinentes a los contextos.

Comprensión de la evolución de políticas públicas con perspectiva histórica: las políticas sociales existentes no surgen de la nada, sino que responden a contextos históricos específicos; un ejemplo de aquello es la Ley de la Silla.

En esta misma línea argumentativa, el Trabajo Social también entrega aportes sustantivos a la historiografía. En este sentido, el acceso a experiencias vividas y relatos de sujetos situados en la subalternidad permite construir historia desde abajo, vinculada a la historia oral. Asimismo, introduce una dimensión ética y situada sobre hechos históricos, acercando a la historiografía a las realidades concretas y actuales.

Para finalizar esta reflexión, es preciso sostener que el Trabajo Social, sin contar con la historia, corre el riesgo de intervenir irremediablemente de forma superficial. Por otra parte, la historiografía, sin vínculo social vivo, puede volverse irrelevante. Sin duda, su articulación permanente permite una comprensión crítica del presente, favoreciendo intervenciones más consistentes y transformadoras.