Respecto
de mi segundo pregrado, en el caso particular del Trabajo Social, la inquietud
se centraba en cómo profundizar y profesionalizar acciones desarrolladas en un
contexto específico. Más allá de una ayuda asistencial, el objetivo era
promover intervenciones capaces de generar transformaciones significativas en
la vida de las personas, con un profundo sustento en la autodeterminación y el respeto
irrestricto de la dignidad humana.
Entonces,
una de las preguntas obvias que se podría hacer una persona que ha explorado
ambas disciplinas es: ¿cómo se podrían complementar ambas disciplinas? O, por
el contrario, ¿estas se contraponen? La presente reflexión pretende responder
estas interrogantes, así como proponer aportes disciplinares para ambas áreas de
conocimiento.
En este
contexto, cada disciplina tiene un foco común. La historiografía no es solo contar el “pasado”, sino que, más allá
de eso, implica analizar procesos, estructuras, actores y cambios en el tiempo.
En definitiva, busca explicar por qué la sociedad es como es.
A mayor
abundamiento, Marc Bloch, en su imprescindible texto Introducción a la Historia
sostiene que esta es la ciencia de los seres humanos en el tiempo, escapando de
la lógica de solo hacer un listado de hechos inconexos. En este sentido, la École des Annales (Escuela de los
Annales), fundada por el propio Bloch y Lucien Febvre e integrada
posteriormente por historiadores como Pierre Vilar, Jacques Le Goff o Pierre
Nora, proponen una historia total e interdisciplinaria que integra la economía,
la geografía, la sociología y la psicología. Con la finalidad de estudiar en
profundidad las estructuras sociales y los procesos de larga duración, por
sobre la individualidad de los hechos.
Edward
Carr, por su parte, en su ya célebre obra ¿Qué
es la Historia?, plantea que el objetivo de esta no es solo narrar, sino
que comprender el desarrollo de la sociedad. Sirve como guía para observar el
progreso humano, así como para entender a las diversas fuerzas sociales,
subrayando que la historia es una construcción social y no una verdad absoluta
ni inmutable.
Finalmente,
Edward Thompson explora la importancia de los sujetos y las experiencias, lo
que se conoce como “historia desde abajo”, es decir, de quienes han sido
excluidos en esta construcción social de la historia.
Respecto
del Trabajo Social, por su parte, puede
comprenderse, de manera general, como la intervención directa en problemáticas sociales
complejas y concretas (desigualdad, exclusión o vulnerabilidad), con una fuerte
implicancia práctica y ética.
Para profundizar
las cuestiones disciplinares del Trabajo Social, debemos tener en consideración
que esta busca y promueve el cambio, el desarrollo social, la cohesión, fundamentándose
en los derechos humanos, justicia social y en teorías de las ciencias sociales.
Desde esta
perspectiva, Mary Richmond propuso un enfoque interventivo desde lo individual,
en base a diagnósticos y a un método cercano a las ciencias médicas. Sin embargo,
sin duda alguna ofrece aportes sustantivos al proponer especificidad científica
al modelo de intervención.
Ahora bien,
el Trabajo Social ha ido dejando de forma paulatina estas ideas más individualistas,
avanzando hacia procesos críticos que sostienen que la intervención es un
proceso situado en contextos históricos y sociales determinados. En este
sentido, Ezequiel Ander-Egg propone que el Trabajo Social debe orientarse a la
transformación de las condiciones estructurales que generan desigualdad, lo que
pretende superar visiones reduccionistas basadas en el asistencialismo.
Finalmente,
Paulo Freire sostiene la importancia de la conciencia crítica, entendiendo a
los sujetos como seres históricos con capacidad de transformar la realidad.
Entonces,
al volver a las interrogantes planteadas previamente, podemos afirmar que existen
puntos de encuentro entre la historiografía y el Trabajo Social. Si bien es
cierto que el segundo opera desde el presente inmediato, sin duda se nutre de
problemas que tienen raíces históricas, como la desigualdad, la segregación
territorial, los sistemas de protección y las relaciones de poder. Bajo esta
perspectiva, la historiografía aporta una mirada contextual y de memoria.
Asimismo, la historiografía fortalece al Trabajo Social en al menos tres aportes concretos:
Desnaturaliza problemas sociales: la historia muestra que elementos vistos como “normales” (índices de desigualdad o vulnerabilidad) son, en realidad, el resultado de procesos históricos, lo que evita que el Trabajo Social caiga en explicaciones individualistas.
Incorporación de la memoria y trayectorias vitales: las personas y comunidades tienen historias particulares, lo que permite generar intervenciones situadas y pertinentes a los contextos.
Comprensión de la evolución de políticas públicas con perspectiva histórica: las políticas sociales existentes no surgen de la nada, sino que responden a contextos históricos específicos; un ejemplo de aquello es la Ley de la Silla.
En esta
misma línea argumentativa, el Trabajo Social también entrega aportes sustantivos
a la historiografía. En este sentido, el acceso a experiencias vividas y relatos
de sujetos situados en la subalternidad permite construir historia desde abajo,
vinculada a la historia oral. Asimismo, introduce una dimensión ética y situada
sobre hechos históricos, acercando a la historiografía a las realidades concretas
y actuales.
Para finalizar
esta reflexión, es preciso sostener que el Trabajo Social, sin contar con la
historia, corre el riesgo de intervenir irremediablemente de forma superficial.
Por otra parte, la historiografía, sin vínculo social vivo, puede volverse
irrelevante. Sin duda, su articulación permanente permite una comprensión
crítica del presente, favoreciendo intervenciones más consistentes y
transformadoras.
